"¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna." Jn 6, 68



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Domingo II después de Navidad
Leer el comentario del Evangelio por
Beato John Henry Newman (1801-1890), teólogo, fundador del Oratorio en Inglaterra
Sermón de  la Encarnación

“Y el Verbo se hizo carne”

    La Palabra era desde los orígenes, el Hijo Único de Dios. Antes que los mundos fueran creados, incluso antes del tiempo, ella ya era, en el seno del Padre eterno, Dios de Dios y Luz de Luz, supremamente bendita en el conocimiento que tenía del Padre y el conocimiento que el Padre tenía de ella, recibiendo del Padre toda perfección divina, pero siempre una con él que la había engendrado. Como se dice en el principio del Evangelio: “En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”…



     Cuando el hombre cayó, la Palabra hubiera podido, en verdad, permanecer en la gloria que tenía con el Padre. Pero el amor insondable que nos había mostrado en el origen de la creación, insatisfecho al ver su obra estropeada, le hizo descender desde el seno del Padre para llevar a cabo la voluntad de éste y reparar el mal que el pecado había causado. Con una indulgencia admirable, vino, pero no ya revestido de poder, sino de debilidad, bajo la forma de siervo, bajo la apariencia de hombre caído al cual tenía el designio de levantar. Así, se humilló, sufriendo todas las debilidades de nuestra naturaleza, semejante en todo a nuestra carne pecadora, semejante al pecador con excepción del pecado, limpio de toda falta, pero sometido a cualquier tentación y, por fin, “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,8)…



     Así, el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre –mortal, pero no pecador; heredero de nuestra debilidades, no de nuestra falta; retoño de la antigua raza, pero “principio de la nueva creación” (Ap 3,14). Maria, su madre… dio una naturaleza creada a aquel que era su Creador. Así es como vino a este mundo, no sobre las nubes del cielo, sino nacido aquí abajo, nacido de una mujer; Él, hijo de María, ella, madre de Dios… Verdaderamente era Dios y hombre, pero una sola persona…, un solo Cristo.



 
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