"¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna." Jn 6, 68



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Lunes de la XVI Semana del Tiempo Ordinario
Leer el comentario del Evangelio por
San Pedro Crisólogo (c.406-450), arzobispo de Ravenna, doctor de la Iglesia
Sermón 3, PL 52, 303-306, CCL 24, 211-215

El signo de Jonás

     He aquí que la huída del profeta Jonás lejos de Dios (Jo 1,3) se cambia en imagen profética, y lo que se presenta como un naufragio funesto se convierte en signo de la Resurrección del Señor. El mismo texto de la historia de Jonás nos muestra a las claras como éste realiza plenamente la imagen del Salvador. De Jonás se ha escrito que «huyó lejos de la presencia de Dios». El mismo Señor, para tomar la condición y un rostro humano ¿no ha huido de la condición y el aspecto de la divinidad? Así lo dice el apóstol Pablo: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo» (Fl 2,6-7). El que es el Señor ha revestido la condición de Servidor; para pasar desapercibido en el mundo, para vencer al demonio, él mismo huyó en el hombre... Dios está en todas partes: es imposible escapar de él; para «huir lejos de la faz de Dios», no en un lugar sino en cierta manera por el aspecto, Cristo se refugió en el rostro totalmente asumido de nuestra servidumbre.

     El texto sigue: «Jonás bajó a Jope para huir a Tarsis.» El que desciende, es éste: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo» (Jn 3,13). El Señor bajó del cielo a la tierra, Dios bajó hasta el hombre, el todopoderosos bajó hasta nuestra servidumbre. Pero Jonás que bajó hasta la nave tuvo que subir a ella para viajar; así Cristo, bajado hasta el mundo, subió, por las virtudes y milagros, a la nave de su Iglesia.



 
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