"¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna." Jn 6, 68



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Miércoles de la XVI Semana del Tiempo Ordinario
Leer el comentario del Evangelio por
Catecismo de la Iglesia Católica
§ 101-105,108

« Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende» (Mt 13,23)

     Cristo, Palabra única de la Sagrada Escritura: En la condescendencia de su bondad, Dios, para revelarse a los hombre, les habla en palabras humanas: «La palabra de Dios expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los hombres» (Vaticano II, DV 13). A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud (Hb 1,1-3): Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo» (San Agustín).

     Por esta razón, la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (DV 21). En la Sagrada Escritura la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (1Tes 2,13). «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos» (DV 21).

   Dios es el autor del a Sagrada Escritura. «Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo» (DV 11)...

     Sin embargo, la fe cristiana no es una «religión del Libro». El cristianismo es la religión de la «Palabra» de Dios, «no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo» (San Bernardo). Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas» (Lc 24,25).



 
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