"¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna." Jn 6, 68



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Sábado de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario

Carta I de San Pablo a los Corintios 15,35-37.42-49.
Algunos dirán: ¿Cómo resurgen los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo vuelven?
¡Necio! Lo que tú siembras debe morir para recobrar la vida.
Y lo que tú siembras no es el cuerpo de la futura planta, sino un grano desnudo, ya sea de trigo o de cualquier otra semilla.
Lo mismo ocurre con la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo en descomposición, y resucita incorruptible.
Se siembra como cosa despreciable, y resucita para la gloria. Se siembra un cuerpo impotente, y resucita lleno de vigor.
Se siembra un cuerpo animal, y despierta un cuerpo espiritual. Pues si los cuerpos con vida animal son una realidad, también lo son los cuerpos espirituales.
Está escrito que el primer Adán era hombre dotado de aliento y vida; el último Adán, en cambio, viene como espíritu que da vida.
La vida animal es la que aparece primero, y no la vida espiritual; lo espiritual viene después.
El primer hombre, sacado de la tierra, es terrenal; el segundo viene del cielo.
Los de esta tierra son como el hombre terrenal, pero los que alcanzan el cielo son como el hombre del cielo.
Y del mismo modo que ahora llevamos la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.

Salmo 56(55),10-12.13-14.
Retrocederán mis enemigos el día que te invoque. Sé muy bien que Dios está conmigo.
Mi fe renuevo en las palabras de Dios, tengo fe en la palabra del Señor;
confío en Dios y no temo más, ¿qué puede hacerme un hombre?
No me olvido, oh Dios, de mis promesas, te ofreceré sacrificios para darte gracias,

porque me sacaste de la muerte; no dejaste que diera un paso en falso. En presencia de Dios seguiré caminando a la luz de los vivos.


Evangelio según San Lucas 8,4-15.
Un día se congregó un gran número de personas, pues la gente venía a verlo de todas las ciudades, y Jesús se puso a hablarles por medio de comparaciones o parábolas:
«El sembrador salió a sembrar. Al ir sembrando, una parte del grano cayó a lo largo del camino, lo pisotearon y las aves del cielo lo comieron.
Otra parte cayó sobre rocas; brotó, pero luego se secó por falta de humedad.
Otra cayó entre espinos, y los espinos crecieron con la semilla y la ahogaron.
Y otra cayó en tierra buena, creció y produjo el ciento por uno.» Al terminar, Jesús exclamó: «Escuchen, pues, si ustedes tienen oídos para oír.»
Sus discípulos le preguntaron qué quería decir aquella comparación.
Jesús les contestó: «A ustedes se les concede conocer los misterios del Reino de Dios, mientras que a los demás les llega en parábolas. Así, pues, mirando no ven y oyendo no comprenden.
Aprendan lo que significa esta comparación: La semilla es la palabra de Dios.
Los que están a lo largo del camino son los que han escuchado la palabra, pero después viene el diablo y la arranca de su corazón, pues no quiere que crean y se salven.
Lo que cayó sobre la roca son los que, al escuchar la palabra, la acogen con alegría, pero no tienen raíz; no creen más que por un tiempo y fallan en la hora de la prueba.
Lo que cayó entre espinos son los que han escuchado, pero las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida los ahogan mientras van caminando, y no llegan a madurar.
Y lo que cae en tierra buena son los que reciben la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y, perseverando, dan fruto.


Leer el comentario del Evangelio por : San Juan Crisóstomo
El sembrador siembra sin calcular



 
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