¿ Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna. Jn 6, 68





 
                    

lunes 22 Noviembre 2010

Fiesta de Cristo Rey

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Fiesta de Cristo Rey
Fiesta de Cristo Rey

ÚLTIMO DOMINGO DEL AÑO LITURGICO:
Cristo es el Rey del universo  y de cada uno de nosotros.
Es una de las fiestas  más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es  el Rey del universo. Su Reino es el Reino de  la verdad y la vida, de la santidad y la  gracia, de la justicia, del amor y la paz.


La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por  el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.  
El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer  en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo  Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un  nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta  se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de  toda la historia universal. Es el alfa y el omega,  el principio y el fin. Cristo reina en las personas  con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino  de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre  y para todos los hombres.

Con la fiesta  de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta  tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey  de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo  ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra  a partir de su venida al mundo hace casi dos  mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los  hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria  al final de los tiempos, en la Parusía.

Si quieres conocer  lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes  leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo  Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros  corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos,  y así el Reino de Dios puede hacerse presente en  nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el  Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares,  empresas y ambiente.

Jesús nos habla de las  características de su Reino a través de varias parábolas en  el capítulo 13 de Mateo:

“es semejante a un grano  de mostaza que uno toma y arroja en su huerto  y crece y se convierte en un árbol, y las  aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al  fermento que una mujer toma y echa en tres medidas  de harina hasta que fermenta toda”;  “es semejante a  un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra  lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene  y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que  busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va,  vende todo cuanto tiene y la compra”.  

En ellas,  Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo  y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más  que todos los tesoros de la tierra y que su  crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo,  pero eficaz.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender  el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y  extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como  miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo  reine en el corazón de los hombres, en el seno  de los hogares, en las sociedades y en los pueblos.  Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que  reine el amor, la paz y la justicia y la  salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine  en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo.  La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y  los sacramentos son medios para conocerlo y de los que  se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su  amor.  Se trata de conocer a Cristo de una  manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía,  Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad  escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a  Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, por que Él  es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le  nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos  llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer  como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida  de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo  conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de  Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá  el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a  la acción de extender el Reino de Cristo a todas  las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos  detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la  extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo  mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una  alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las  circunstancias de la vida.

A lo largo de la historia hay  innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por  Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son  los mártires de la guerra cristera en México en los  años 20’s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y  todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

La fiesta de  Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad  de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es  el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el  Principio y el Fin de todo el Universo.















 
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