"¿Señor, a quién iremos?. Tú tienes palabras de vida eterna." Jn 6, 68














 
                    

viernes 21 Abril 2017

San Román Adame Rosales

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Nació en Teocaltiche, Jal. (Diócesis de Aguascalientes), el 27 de  febrero de 1859. Párroco de Nochistlán, Zac. (Arquidiócesis de  Guadalajara). Sacerdote de profunda humildad.

Jamás se le oyó quejarse;  ante cualquier sufrimiento decía con serenidad: «Sea todo por Dios».  Catequesis, misiones populares, construcción de capillas para que los  fieles tuvieran cerca al Santísimo, atención a los enfermos y educación a  los niños fueron las principales acciones de su ministerio parroquial.

Durante la persecución, siguió oculto administrando los sacramentos.  Alguien delató su escondite y de noche fue hecho prisionero. Llegado el  momento de la ejecución, el día 21 de abril de 1927, con un gesto de  bondad trató de salvar al soldado, que por no querer dispararle, iba a  ser también fusilado. Luego, decidido y firme, pero con humildad,  entregó su vida.






 


Homilía del Santo Padre (domingo 21 may 2010)


1. "No amemos de palabra  ni de boca, sino con obras y según la verdad" (1 Jn 3, 18). Esta exhortación, tomada del apóstol Juan en el texto de la segunda lectura de esta celebración, nos  invita a imitar a Cristo, viviendo a la vez en estrecha unión con Él. Jesús  mismo nos lo ha dicho también en el Evangelio recién proclamado: "Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así  tampoco vosotros, si no permanecéis en mí" (Jn 15,4).


A través de la unión  profunda con Cristo, iniciada en el bautismo y alimentada por la oración, los sacramentos y la práctica de  las virtudes evangélicas, hombres y mujeres de todos los tiempos, como hijos  de la Iglesia, han alcanzado la meta de la santidad. Son santos porque  pusieron a Dios en el centro de su vida e hicieron de la búsqueda y extensión de su  Reino el móvil de su propia existencia; santos porque sus obras siguen hablando  de su amor total al Señor y a los hermanos dando copiosos frutos, gracias a su  fe viva en Jesucristo, y a su compromiso de amar como Él nos ha amado,  incluso a los enemigos.


2. Dentro de la  peregrinación jubilar de los mexicanos, la Iglesia se alegra al proclamar santos a estos hijos de México: Cristóbal Magallanes y 24 compañeros mártires, sacerdotes y laicos; José María de Yermo y Parres, sacerdote fundador de las Religiosas Siervas del Sagrado Corazón de Jesús, y María de Jesús Sacramentado Venegas, fundadora de  las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús.


Para participar en esta  solemne celebración, honrando así la memoria de estos ilustres hijos de la Iglesia y de vuestra Patria,  habéis venido numerosos peregrinos mexicanos, acompañados por un nutrido grupo  de Obispos. A todos os saludo con gran afecto. La Iglesia en México se  regocija al contar con estos intercesores en el cielo, modelos de caridad suprema  siguiendo las huellas de Jesucristo. Todos ellos entregaron su vida a Dios y a los hermanos, por la vía del martirio o por el camino de la ofrenda generosa  al servicio de los necesitados. La firmeza de su fe y esperanza les sostuvo  en las diversas pruebas a las que fueron sometidos. Son un precioso legado,  fruto de la fe arraigada en tierras mexicanas, la cual, en los albores del Tercer  milenio del cristianismo, ha de ser mantenida y revitalizada para que sigáis  siendo fieles a Cristo y a su Iglesia como lo habéis sido en el pasado.


3. En la primera lectura  hemos escuchado cómo Pablo se movía en Jerusalén "predicando públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos de lengua griega, que se propusieron suprimirlo" (Hch 9, 28-29). Con la misión de Pablo se prepara la propagación de la Iglesia, llevando el mensaje evangélico a todas las  partes. Y en esta expansión, no han faltado nunca las persecuciones y violencias  contra los anunciadores de la Buena Nueva. Pero, por encima de las adversidades humanas, la Iglesia cuenta con la promesa de la asistencia divina. Por  eso, hemos oído que "la Iglesia gozaba de paz [...] Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba animada por el  Espíritu Santo" (Hch 9,31).


Bien podemos aplicar este  fragmento de los Hechos de los Apóstoles a la situación que tuvieron que vivir Cristóbal Magallanes y  sus 24 compañeros, mártires en el primer tercio del siglo XX. La mayoría  pertenecía al clero secular y tres de ellos eran laicos seriamente comprometidos en  la ayuda a los sacerdotes. No abandonaron el valiente ejercicio de su  ministerio cuando la persecución religiosa arreció en la amada tierra mexicana,  desatando un odio a la religión católica. Todos aceptaron libre y serenamente el martirio como testimonio de su fe, perdonando explícitamente a sus perseguidores. Fieles a Dios y a la fe católica tan arraigada en sus comunidades eclesiales a las cuales sirvieron promoviendo también su  bienestar material, son hoy ejemplo para toda la Iglesia y para la sociedad  mexicana en particular.


Tras las duras pruebas  que la Iglesia pasó en México en aquellos convulsos años, hoy los cristianos mexicanos, alentados por el testimonio de estos testigos de la fe, pueden vivir en paz y armonía,  aportando a la sociedad la riqueza de los valores evangélicos. La Iglesia crece y progresa, siendo crisol donde nacen abundantes vocaciones sacerdotales y religiosas, donde se forman familias según el plan de Dios y donde los jóvenes, parte notable del pueblo mexicano, pueden crecer con esperanza  en un futuro mejor. Que el luminoso ejemplo de Cristóbal Magallanes y  compañeros mártires os ayude a un renovado empeño de fidelidad a Dios, capaz de  seguir transformando la sociedad mexicana para que en ella reine la justicia,  la fraternidad y la armonía entre todos.


4. "Éste es su  mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó" (1  Jn 3, 23). El mandato por excelencia que Jesús dio a los suyos es amarse fraternalmente como él nos ha amado (cf. Jn 15,12). En la segunda lectura que hemos escuchado, el mandamiento tiene un doble aspecto:  creer en la persona de Jesucristo, Hijo de Dios, confesándolo en todo momento, y  amarnos unos a otros porque Cristo mismo nos lo ha mandado. Este mandamiento es  tan fundamental para la vida del creyente que se convierte como en el  presupuesto necesario para que tenga lugar la inhabitación divina. La fe, la  esperanza, el amor llevan a acoger existencialmente a Dios como camino seguro hacia la santidad.


Este se puede decir que  fue el camino emprendido por José María de Yermo y Parres, que vivió su entrega sacerdotal a Cristo adhiriéndose a Él con todas sus fuerzas, a la vez que se destacaba por  una actitud primordialmente orante y contemplativa. En el Corazón de Cristo encontró la guía para su espiritualidad, y considerando su amor infinito  a los hombres, quiso imitarlo haciendo la regla de su vida la caridad.


El nuevo Santo fundó las  Religiosas Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres, denominación que recoge sus dos  grandes amores, que expresan en la Iglesia el espíritu y el carisma del nuevo  santo. Queridas hijas de San José María de Yermo y Parres: vivid con  generosidad la rica herencia de vuestro fundador, empezando por la comunión fraterna en comunidad y prolongándoda después en el amor misericordioso al hermano,  con humildad, sencillez y eficacia, y, por encima de todo, en perfecta unión  con Dios.


5. "Permaneced en mí y yo  en vosotros [...] El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no  podéis hacer nada" (Jn 15, 4.5). En el evangelio que hemos escuchado, Jesús nos ha exhortado a permanecer en Él, para unir consigo a todos los hombres. Esta invitación exige llevar a cabo nuestro compromiso  bautismal, vivir en su amor, inspirarse en su Palabra, alimentarse con la  Eucaristía, recibir su perdón y, cuando sea el caso, llevar con Él la cruz. La  separación de Dios es la tragedia más grande que el hombre puede vivir. La savia  que llega al sarmiento lo hace crecer; la gracia que nos viene por Cristo nos hace  adultos y maduros a fin de que demos frutos de vida eterna.


Santa María de Jesús  Sacramentado Venegas, primera mexicana canonizada, supo permanecer unida a Cristo en su larga existencia  terrena y por eso dio frutos abundantes de vida eterna. Su espiritualidad se  caracterizó por una singular piedad eucarística, pues es claro que un camino excelente  para la unión con el Señor es buscarlo, adorarlo, amarlo en el santísimo  misterio de su presencia real en el Sacramento del Altar.


Quiso prolongar su obra  con la fundación de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús, que siguen hoy en la Iglesia su carisma de la caridad con los pobres y enfermos. En efecto, el amor de Dios es  universal, quiere llegar a todos los hombres y por eso la nueva Santa comprendió  que su deber era difundirlo, prodigándose en atenciones con todos hasta el fin  de sus días, incluso cuando la energía física declinaba y las duras pruebas que pasó a lo largo de su existencia habían mermado sus fuerzas. Fidelísima  en la observancia de las constituciones, respetuosa con los obispos y  sacerdotes, solícita con los seminaristas, Santa María de Jesús Sacramentado es un elocuente testimonio de consagración absoluta al servicio de Dios y de  la humanidad doliente.


6. Esta solemne  celebración nos recuerda que la fe comporta una relación profunda con el Señor. Los nuevos santos nos enseñan que los verdaderos seguidores y discípulos de Jesús son aquellos que cumplen la voluntad de Dios y que están unidos a Él mediante la fe y la gracia.


Escuchar la Palabra de  Dios, armonizar la propia existencia, dando el primer espacio a Cristo, hace que la vida del ser humano se  configure a Él. "Permaneced en mí y yo en vosotros", sigue siendo la invitación de Jesús que debe resonar continuamente en cada uno de nosotros y en  nuestro ambiente. San Pablo, acogiendo este mismo llamado pudo exclamar: "vivo  yo, pero no soy yo; es Cristo quien vive en mí" (Gal 2,20). Que la Palabra de Dios proclamada en esta liturgia haga que nuestra vida sea  auténtica permaneciendo existencialmente unidos al Señor, amando no sólo de  palabra sino con obras y de verdad (cf. 1 Jn 3,18). Así nuestra vida será  realmente "por Cristo, con Él y en Él".


Estamos viviendo el Gran  Jubileo del Año 2000. Entre sus objetivos está el de "suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad" (Tertio millennio adveniente, 42). Que el ejemplo de  estos nuevos Santos, don de la Iglesia en México a la Iglesia universal, mueva  a todos los fieles, con todos los medios a su alcance y sobre todo con la  ayuda de la gracia de Dios, a buscar con valentía y decisión la santidad.


Que la Virgen de  Guadalupe, invocada por los mártires en el momento supremo de su entrega, y a la que San José María de Yermo y  Santa María de Jesús Sacramentado Venegas profesaron tan tierna devoción,  acompañe con su materna protección los buenos propósitos de quienes honran hoy a  los nuevos Santos y ayude a los que siguen sus ejemplos, guíe y proteja  también a la Iglesia para que, con su acción evangelizadora y el testimonio  cristiano de todos sus hijos, ilumine el camino de la humanidad en el tercer milenio.  Amen.







 
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